Tras años de estudio Hiparco consiguió catalogar mil estrellas brillantes, explicó la precesión de los equinoccios y estableció las diferencias entre el año sideral y el año trópico, y, con mayor precisión, la distancia de entre la Tierra y la Luna y la oblicuidad de la Elíptica en 23º 27’.
Dedicó años a la elaboración del primer catálogo de estrellas, con este propósito inventó instrumentos que le hicieron posible averiguar con antelación el nacimiento y la muerte de una estrella, calcular su movimiento y medir brillo.
Buscaba incansable respuestas en el cielo, lo observaba receloso y admirado, documentada cada pequeña alteración, cada leve movimiento de los astros, cada cambio de tamaño. Apenas dormía intentando descifrar los misterios de la cúpula estrellada, por la que sentía una fascinante e irremediable atracción.
Una tarde de verano se quedó dormido en el lecho de su amante, una joven discípula que seguía sus enseñanzas con incondicional devoción. Olía a lavanda y una brisa suave ondeaba las cortinas blancas como banderas en son de paz. Mientras el maestro dormitaba, la joven hacía caminar sus dedos por la suave explanada de su espalda. Fascinada por la perfección de sus lunares comenzó a unirlos dibujando con los dedos un mapa imaginario. Cuando hubo acariciado el último de los lunares, la tierra tembló durante un segundo, Hiparco comprendió de golpe todos los datos estelares que, desordenados, repasaba continuamente en su cabeza.
Una nueva dimensión fue descubierta, en ella la paz no es un misterio.
Para Gui






